ROUX, GUILLERMO

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ROUX, GUILLERMO

Stand 5
HOMENAJE A GRANDES MAESTROS
PRESENTADO POR LA MUNICIPALIDAD DE SAN ISIDRO

La invención que no cesa
Esta patria chica, donde Guillermo Roux vive y trabaja desde hace tantos años, muestra una selección de sus trabajos y lo reconoce formalmente como uno de sus ciudadanos ilustres. Sus expertos colegas lo habían designado desde hace tiempo académico en la Academia de Ciencias y Artes de la Provincia; hoy lo hacen las autoridades y la comunidad toda del Partido, honrándolo como vecino mayor de San Isidro. Del pago grande al pago chico; del núcleo artístico al conjunto de la sociedad de habitantes de la que es parte; de lo exclusivo del arte a la consideración general de los sanisidrenses. Testimonio íntimo, cercano, afectuoso para quien ya ha tenido reconocimientos y sobradas consagraciones nacionales e internacionales, pero que ahora recibe el afecto del vecino, del próximo, del que comparte con él los ritmos y colores de las estaciones, los sonidos del barrio, la serenidad de la calle de su casa taller de La Lucila, su refugio tan cercano al bullicio de la avenida y tan sereno en medio del pequeño universo de jardines que la rodea. Del mundo –que es la aldea global que nos envuelve– a la aldea propia, que es el mundo cotidiano que experimentamos y vivimos.
Nada más justo ni más oportuno como reconocimiento para este vecino artista que sigue aferrado a la carbonilla y los colores, fatigando papeles con incansable obsesión. “Ver la panorámica, ver el atardecer… me gusta, lo miro, me entra por los ojos, pero me gusta mucho más el atardecer que llevo adentro. En realidad lo invento: pinto mi atardecer, no el que veo”. El mundo exterior como plataforma de observación del mundo interior que lo habita; las ramas del árbol del jardín como metáfora de las venas del propio organismo, la figura como inspiración necesaria para ser transformada por el artista, apenas con un trozo de carbón y una caja de pasteles. Tal es la clave.
Para Guillermo el dibujo y el color, en ese orden, siguen conformando la razón de ser de la pintura. Él sigue la senda de siglos en que la representación de la naturaleza estaba vigente y exigía al artista el ostinato rigore de un oficio superior; pero al mismo tiempo Roux utiliza esa tradición y esa maestría para proyectarlas hacia los terrenos de su propia fantasía, creando realidades inventadas, fragmentos tratados a veces como juegos infantiles, a veces con las nostalgias del contemplador, pero siempre con la profundidad de quien sabe ver a través de las cosas, pero que también sabe penetrarlas y recomponerlas mucho más allá de ellas.
“Con mis pinturas quiero decir algo que con las palabras no se puede lograr”, así definía Roux a un periodista , en la puerta de su casa taller, lo que hacía –y sigue haciendo– infatigablemente dentro de ella. Un quehacer que tiene mucho de coreografía festiva del dibujante, pero gobernada por el ojo de lince del maestro y el humanismo de quien conoce los claroscuros del mundo contemporáneo, buscando analizarlos y comprenderlos desde lo profundo.
Durante mucho tiempo Guillermo Roux dibujó los objetos tal cual eran y tal cual aparecían, pero a partir de los años sesenta empezó a fragmentarlos y combinarlos en asociaciones inesperadas, misteriosas, surreales, y así ha seguido haciéndolo. Ese juego constante entre razón y fantasía tuvo picos de énfasis entre uno y otro de ambos extremos; también es cierto que osciló entre momentos de desierto espiritual, insomnios de dolor, días de alegría y horizontes de esperanza. “De repente me vienen imágenes de un pequeño juguetito que alguna vez ví en casa de alguien, de una negrita bailando con un ¡tin tin tin! de alguna otra casa donde a lo mejor había un velorio… Los otros días recordaba el perfume del pasto después de la lluvia (…) y todo eso viene amontonado, como queriendo salir, y si no lo dejo me quedo muy abrumado, nervioso… pero si no dibujo no tengo paz. Y al día siguiente es lo mismo. Lo que me da tranquilidad es liberarme cada día”. Él suele recordar que la intimidad con los objetos le viene desde muy lejos y que con el paso del tiempo (y de las obras) ha devenido en verdadera complicidad. Desde chico le gustaba circular, asombrado, entre los respaldos de esterilla, las camas de bronce y las cristalerías de la casa paterna, toda esa parafernalia de formas gigantes que se va empequeñeciendo a medida que uno crece, y que va tomando la medida justa y la función definitiva cuando se llega a la adultez, justo cuando el entorno de los objetos parlantes enmudece para siempre.
Felizmente Guillermo, artista pensante, maduro e inteligente como pocos, sigue albergando en sus entrañas el niño que fue y que sigue siendo, y este doble calendario que lo alienta le permite integrar y entregar la experiencia del octogenario sabio, fundida en la libertad del inocente y la ironía amable del adolescente que nunca dejó de ser.
Últimamente los temas de los instrumentos y los conjuntos musicales han vuelto a estimularlo y han dado lugar a una catarata de producciones llenas de formas que se entrelazan y colores saturados que resuenan. En realidad la presencia de la música, sea en sonidos o en imágenes, nunca lo ha abandonado; más aun, es una constante que lo acompaña desde la infancia, una tradición familiar que viene del recuerdo de su padre –excelente ilustrador– marcando con el lápiz los ritmos del jazz sobre el tablero o ejecutando glissandi en una glasarmónica casera. Por eso, por la naturaleza definidamente sonora de las formas ondulantes de sus obras, por el brillo de trompeta y la sensualidad de clarinete que las habita, por la fusión inextricable de los timbres con los colores y por los contrastes entre pianos y fortes con que las desarrolla, creo que conviene abrir esta exposición a toda orquesta y cerrar estas palabras con un rotundo ¡bravo Maestro!
Alberto Bellucci Director del Museo Nacional de Arte Decorativo Presidente de la Academia Nacional de Bellas Artes